Por Antonio Astorga

Se conservan protegidos bajo estrictas medidas de seguridad y favorecidos por las condiciones ambientales, freáticas y terrenales. El ser humano les «abre» las puertas en legajos e incunables. Pero son un verdadero peligro. Una tonelada de «papel histórico» se pierde por su acción corrosiva.

Una gran marabunta de insectos voraces y carroñeros, perfectamente identificados, anda «biodeteriorando» los más de treinta mil archivos y bibliotecas que pueblan España. Setenta clases de insectos y doscientos tipos de microorganismos peregrinan a sus anchas por libros, cuadros, maderas o alfombras, transitan de incunables a legajos, saltan de sublimes obras de arte a delicadas piezas y se regodean en grabados y estampaciones. Según comenta José María Luzón, en su etapa como director general de Bellas Artes y Archivos llegaron a sus manos informes en los que se hablaba de pérdidas cercanas a la tonelada de «papel histórico» por la acción corrosiva de esta fauna protegida y favorecida por las condiciones ambientales. Y no sólo en los archivos: en museos, hemerotecas y otras instituciones.

La termita española es ciega, pero la vista no le falla en el momento supremo de liquidar un goloso legajo o un delicioso incunable. Según el Instituto del Patrimonio Histórico Español (IPHE), el Convento de Santa Paula, en Sevilla, ha sido el más martilleado por los habitantes de esta singular fauna: «Allí ha habido serios problemas e incluso se han aplicado tratamientos químicos».

Insectos «universitarios»

El IPHE ha desinsectado documentos del Canal de Isabel II (bacterias y hongos en material celulósico); en el Archivo de la Guerra (hongos y bacterias en libros depositados en la Fototeca); en la Fundación Rafael Alberti de El Puerto de Santa María donde se han identificado insectos; en la Academia de Bellas Artes (plaga de xilófagos ejemplificado en el biodeterioro del Libro con Estampas de Durero, del que ABC informaba ayer) o en el Archivo de la Catedral de Coria (donde se ha desinsectado el Libro de Joanis Praenestrini). Estos insectos se han «doctorado», incluso, en la Ciudad Universitaria, lo que enciende la voz de alarma en investigadores y especialistas: «¡Pero si en la Ciudad Universitaria se encuentra la Biblioteca del Cardenal Cisneros! ¡Imagínese el daño que podrían causar estos insectos campando por allí!».

Un gran número de archivos, bibliotecas y museos se encuentran situados en zonas climáticas húmedas y cálidas, lo que pone en bandeja de plata el ataque insecticida. Según el IPHE, los conservadores, en ocasiones, se han defendido de esta situación con la limpieza y la utilización de productos químicos agresivos y tóxicos como fumigantes. Ya Plinio, en el año 52 a. C., abogaba por el uso de productos sulfurosos para tratar casas infestadas de piojos. Para las termitas, por ejemplo, el único tratamiento es el hexaflumurón: inhibidor de su esqueleto. Pero la lucha contra ellas a veces puede ser bastante desesperante por los climas freáticos (agua acumulada en un subsuelo sobre capas impermeables).
El Instituto del Patrimonio Histórico Español realiza una labor imprescindible y fundamental para detectar a estos «individuos». Nieves Valentín Rodrigo, una de las grandes autoridades en esta materia que trabaja en el departamento de Conservación Científica del IPHE, publicó, junto con Milagros Vaillant Callol, un estudio completísimo -«Principios básicos de la conservación documental y causas de su deterioro»- en donde se desenmascaran a estos voraces adminículos. Los más habituales son las termitas u hormigas blancas (de la orden Isoptera, que incluye 1.800 especies distribuidas por todo el mundo; de las cuales 130 son dañinas a las construcciones). Es el grupo más peligroso y difícil de erradicar por su capacidad de destrucción de los bienes culturales. Llegan a los depósitos a través de la madera de los muebles o galerías de las paredes. La madera suave es pura «delicatessen» para estos individuos, cuyas colonias oscilan entre mil y un millón de tipos. Todas las Comunidades Autónomas y los responsables de Patrimonio tienen serios problemas con las termitas, insecto difícil de erradicar.

Tipos cosmopolitas

Las polillas (carcomas) y los escarabajos, de la orden coleóptera, dañan masivamente libros y documentos. La familia «Anobiidae» (anóbidos) incluye mil doscientas especies y la Dermestidae una mil. Según Vaillant y Valentín, «haciendo una clasificación porcentual de las infestaciones por ellos producidas en archivos y bibliotecas, estos agentes causan el 90 por ciento de los daños en varios países». Los anóbidos son harto cosmopolitas e infestan frecuentemente archivos y bibliotecas: la carcoma de los muebles o el escarabajo del pan son sus representantes más destacados. Las carcomas atacan materiales de naturaleza proteica como sedas, cueros y pergaminos; los anóbidos llegan a destruir el soporte por completo dejando a su paso galerías repletas de serrín y excrementos. La familia «Lyctidae» (líctidos) excavan galerías en sentido paralelo a la fibra de la madera y producen serrín harinoso cuyo tacto es similar al talco. Estas especies de coleópteros han «leído» a Kafka: su metamorfosis es completa y así pasan de huevo a larva, de larva a pupa, de pupa a ninfa y de ninfa a adulto. El daño es causado casi exclusivamente por las larvas.

La coleóptera familia «Dermestidae» se ceba en pieles y pergaminos. ¿Derméstidos famosos? El «Anthrenus verbasci» (ínclito gorgojo, que hizo de las suyas en la Biblioteca de la Real Academia de Bellas Artes). La familia «Lepismatidae» abriga doscientas especies; de ellas la más difundida, que infesta archivos, bibliotecas y museos, es el «Lepisma saccharina» (pececillo de plata). Se alimenta de celulosa y es muy dañino para las fotografías. El enemigo más pequeño de archivos y bibliotecas es el llamado «piojo del libro», de la familia «Liposcelidae», que agrupa mil especies. Se encuentra fácilmente en documentos, páginas de libros, encuadernaciones y estructuras de maderas previamente dañadas por los hongos. De estos insectos bibliófagos, los que tienen un ciclo vital más amplio son los «Cerambycidae», adheridos siempre al clima mediterráneo y a la madera. Los adultos miden entre 10 y 20 milímetros.

Marian del Egido, Jefe del Departamento de Conservación Científica del Instituto del Patrimonio Histórico Español, señala que su institución no defiende los tratamientos químicos, con hormonas o mediante raciones. Desde el IPHE se desenfunda, como posible solución, la llamada «navaja de Ockham»: «La conservación preventiva siempre minimizará el deterioro. Para eliminar de un archivo microorganismos e insectos una vía rápida, efectiva y que no daña es la ventilación». En el Archivo Histórico Nacional se diseñó una habitación experimental con una contaminación microbiológica provocada, hábitat en donde se aplicaron diferentes flujos de aire. Los resultados revelaron el progresivo decrecimiento, hasta la desaparición, de los microorganismos causantes del deterioro.

«Este año ha sido muy pluvioso y el régimen de lluvias ha influido notablemente en la aparición de determinados insectos», explica Marian del Egido. «En colaboración con el Museo de Altamira hemos realizado un curso sobre el control integrado de plagas. El objetivo consiste en no recurrir siempre a productos químicos, sustancias nocivas y en general peligrosas y dañinas para la salud y por supuesto para el medio ambiente. Buscamos más la prevención y un control integrado del ambiente; es decir, considerar el entorno y el ecosistema en el que están incluidos los bienes culturales y analizarlo para hacer las propuestas de prevención y de control».

Dice Del Egido que lo extraño en España es encontrar un archivo donde no exista un problema de biodeterioro, ya sea por falta de ventilación, por la rotura de una bajante o tras el intercambio de documentos con otro centro. Pero, ¿por qué las plagas aterrorizan a los responsables de museos, archivos y bibliotecas?. Responde la Jefe del Departamento del IPHE: «Nosotros hablamos de control integral de plagas porque es el vocabulario técnico para identificar un método de trabajo. Cuando la gente escucha hablar de plagas cree que aquello se está cayendo, que está siendo completamente devorado y no es así. El control integral de plagas es un método de trabajo contra el biodeterioro. Lo de plaga suena fatal y a lo mejor molesta, pero para nosotros un simple individuo encontrado ya entra dentro de nuestro programa de control integral de plagas».

Protegidos… y favorecidos

El cambio de clima revoluciona el ataque de estos insectos, que tienen su propio ciclo biológico. En primavera, las termitas transitan por su etapa reproductora para dar paso a los voladores. Las termitas españolas nunca salen al exterior (en Estados Unidos son devastadoras y sus nidos descomunales) salvo en primavera. ¿Se trata, pues, de una fauna protegida? «Y favorecida», concluye Marian del Egido. De los treinta mil archivos que hay en España, «todos pueden estar afectados por los insectos», según los expertos. «Y también pueden estarlo los archivos y las bibliotecas de casa -añade del Egido-. Pero no es alarmismo. Es decir, no significa que corra peligro lavida de los archivos».

Los insectos bibliófagos

Con más de 10 millones de especies, la clase de los insectos es una de las más diversas del planeta. Aparte de los habitats silvestres, han sido capaces de colonizar nuestras propias casas y competir por nuestros recursos llegando a grados sorprendentes de especialización. Así, algunas especies han podido adaptarse a consumir recursos tan pobres en alimento como el papel, con lo que se han convertido en temibles plagas de archivos y bibliotecas.

Es cierto que las especies de insectos bibliófagos son escasas, pero esas pocas especies pueden resultar eficaces destructoras de tesoros patrimoniales si no se presta la debida atención. De entre ellas destaca la carcoma «Nicobium castaneum», cuya larva excava galerías sinuosas muy aparentes en libros y legajos, y puede hacer verdaderos estragos tanto en el papel como en el cuero de las encuadernaciones. Los verdaderos especialistas en comer cuero son, sin embargo, los pequeños pero temibles escarabajos de la familia de los desméstidos, como «Anthrenus verbasci». Compañeros de las carcomas, y también amantes de consumir papel, son los pececillos de plata, como «Lepisma saccharina» o algunas especies del género «Ctenolepisma». En lugar de excavar galerías, consumen la superficie del papel en una extensión más o menos amplia, hasta atravesar la hoja y acceder a la siguiente. De este modo dejan una especie de cráteres poco profundos que van deteriorando los libros y documentos.

Los insectos bibliófagos son enemigos que no debemos menospreciar. Para nuestra desgracia, prefieren el buen papel artesanal poco tratado industrialmente, como el usado en los documentos más antiguos y valiosos. Además, nuestro clima, a menudo cálido y húmedo, no hace más que favorecer su desarrollo. El ingreso de un libro que esconda unas pocas larvas de un insecto aparentemente insignificante puede llevar, en poco tiempo, al establecimiento de una floreciente población del mismo en la biblioteca correspondiente. Conviene no bajar la guardia, nuestro rico e insustituible patrimonio documental lo merece de sobras.