La procesionaria del pino es peligrosa para el hombre y puede llegar a ser mortal para los animales domésticos.

Un leve contacto con esta especie puede producir dermatitis, lesiones oculares, urticaria y fuertes reacciones alérgicas.

 Además de su impacto sanitario, esta plaga acarrea también importantes pérdidas económicas y medioambientales.

La procesionaria es la segunda causa de destrucción de los pinares españoles, solo por detrás de los incendios forestales, con el consiguiente impacto que esto conlleva a nivel económico y medioambiental, y sus consecuencias sobre la salud de personas y animales domésticos son nefastas. La Thaumetopoea pityocampa, generalmente conocida como “procesionaria del pino”, es una plaga tremendamente dañina con presencia en todo el territorio peninsular y Baleares.

Su aparición suele darse cada año en primavera, cuando el invierno comienza a ceder y el termómetro, a subir. Sin embargo, su presencia se adelanta cuando, como ahora, las temperaturas aumentan antes de lo previsto.

Además de en pinares, este tipo de orugas, que se desplazan en hilera como si se tratara de una procesión (de ahí su nombre), puede encontrarse también en áreas urbanas, en parques, jardines, colegios, urbanizaciones y áreas residenciales donde haya presencia de pinos y otras especies arbóreas como cedros y abetos.

Un mínimo contacto con esta especie puede generar desde dermatitis a lesiones oculares, pasando por urticarias y reacciones alérgicas, ya que en caso contacto directo con la oruga su pelo se clava en la piel liberando un producto tóxico que provoca la liberación de histamina en la persona afectada y, consecuentemente, la reacción alérgica.

Asimismo, las reacciones alérgicas pueden afectar a los animales domésticos, especialmente a los perros, a quienes puede llegar incluso a ocasionar la muerte. Lo síntomas del contacto con la oruga que los perros pueden manifestar son inflamación del hocico y cabeza, picores intensos en las partes afectadas y abundante salivación. En caso de que se lleguen a comérselas, la ingestión del tóxico que lleva el insecto puede provocar la necrosis de lengua y garganta y a consecuencia de ello, la muerte del animal.

Ni tan siquiera es preciso el contacto directo con las orugas, ya que cuando éstas se sienten amenazadas lanzan sus pelos al aire generando irritaciones y alergias. Estos pelos, también denominados “tricomas” son pequeños dardos envenenados. Cada oruga dispone de unas 500.000 tricomas a lo largo de su cuerpo.